viernes, 9 de mayo de 2014

El loro pelado

El loro pelado


Había una vez una bandada de loros que vivía en el monte.
De mañana temprano iban a comer choclos a la chacra, y de tarde comían naranjas. Hacían gran barullo con sus gritos, y tenían siempre un loro de centinela en los árboles más altos, para ver si venía alguien.
Los loros son tan dañinos como la langosta, porque abren los choclos para picotearlos, los cuales, después, se pudren con la lluvia. Y como al mismo tiempo los loros son ricos para comerlos guisados, los peones los cazan a tiros.
Un día un hombre bajó de un tiro a un centinela, el que cayó herido y peleó un buen rato antes de dejarse agarrar. El peón lo llevó a la casa, para los hijos del patrón; los chicos lo curaron porque no tenía más que un ala rota. El loro se curó bien, y se amansó completamente. Se llamaba Pedrito. Aprendió a dar la pata; le gustaba estar en el hombro de las personas y con el pico les hacía cosquillas en la oreja.
Vivía suelto, y pasaba casi todo el día en los naranjos y eucaliptos del jardín. Le gustaba también burlarse de las gallinas. A las cuatro o cinco de la tarde, que era la hora en que tomaban el té en la casa, el loro entraba también en el comedor, y se subía con el pico y las patas por el mantel, a comer pan mojado en leche. Tenía locura por el té con leche.
Tanto se daba Pedrito con los chicos, y tantas cosas le decían las criaturas, que el loro aprendió a hablar. Decía "¡Buen día, lorito!..." "¡Rica la papa!" "¡Papa para Pedrito!" Decía otras cosas más que no se pueden decir porque los loros, como los chicos, aprenden con gran facilidad malas palabras.
Cuando llovía, Pedrito se encrespaba y se contaba a sí mismo una porción de cosas, muy bajito. Cuando el tiempo se componía, volaba entonces gritando como un loco.
Era, como se ve, un loro bien feliz, que además de ser libre, como lo deseaban todos los pájaros, tenía también, como las personas ricas, su five o'clock tea.
Ahora bien: en medio de esta felicidad, sucedió que una tarde de lluvia salió por fin el sol después de cinco días de temporal, y Pedrito se puso a volar gritando:
–"¡Qué lindo día, lorito!... ¡Rica papa!... ¡La pata, Pedrito! –volaba lejos, hasta que vio debajo de él, muy abajo, el río Paraná, que parecía una lejana y ancha cinta blanca. Y siguió, siguió volando, hasta que se asentó por fin en un árbol a descansar.
Y he aquí que de pronto vio brillar en el suelo, a través de las ramas, dos luces verdes, como enormes bichos de luz.
–¿Qué será? –se dijo el loro–. "¿Rica papa!..." ¿Qué será eso?... "¡Buen día, Pedrito!"
El loro hablaba siempre así, como todos los loros, mezclando las palabras sin ton ni son, y a veces costaba entenderlo. Y como era muy curioso, fue bajando de rama en rama, hasta acercarse. Entonces vio que aquellas dos luces verdes eran los ojos de un tigre que estaba agachado, mirándolo fijamente.
Pero Pedrito estaba tan contento con el lindo día, que no tuvo ningún miedo.
–¡Buen día, tigre! –le dijo–. "¡La pata, Pedrito!..."
Y el tigre, con esa voz terriblemente ronca que tiene, le respondió:
–¡Buen día!
–¡Buen día, tigre! –repitió el loro–. "¡Rica papa!... ¡Rica papa!... ¡Rica papa!"
Y decía tantas veces "¡Rica papa!" porque ya eran las cuatro de la tarde, y tenía muchas ganas de tomar té con leche. El loro se había olvidado de que los bichos del monte no toman té con leche, y por esto convidó al tigre.
–¡Rico té con leche! –le dijo–. "¡Buen día, Pedrito!" ¿Quieres tomar té con leche conmigo, amigo tigre?
Pero el tigre se puso furioso porque creyó que el loro se reía de él y, además, como tenía a su vez hambre, se quiso comer al pájaro hablador. Así que le contestó:
–¡Bueno ¡Acércate un poco, que soy sordo!
El tigre no era sordo; lo que quería era que Pedrito se acercara mucho para agarrarlo de un zarpazo. Pero el loro no pensaba sino en el gusto que tendrían en la casa cuando él se presentara a tomar té con leche con aquel magnífico amigo. Y voló hasta otra rama más cerca del suelo.
–¡Rica papa en casa! –repitió, gritando cuanto podía.
–¡Más cerca! No oigo –respondió el tigre con su voz ronca.
El loro se acercó un poco más y dijo:
–¡Rico té con leche!
–¡Más cerca todavía! –repitió el tigre.
El pobre loro se acerco aún más, y en ese momento el tigre dio un terrible salto, tan alto como una casa, y alcanzó con la punta de las uñas a Pedrito. No alcanzó a matarlo, pero le arrancó todas las plumas del lomo y la cola entera. No le quedó una sola pluma en la cola...
–¡Toma! –rugió el tigre–. Anda a tomar té con leche...
El loro, gritando de dolor y de miedo, se fue volando, pero no podía volar bien, porque le faltaba la cola, que es como timón de los pájaros. Volaba cayéndose en el aire de un lado para otro, y todos los pájaros que lo encontraban se alejaban asustados de aquel bicho raro.
Por fin pudo llegar a la casa, y lo primero que hizo fue mirarse en el espejo de la cocinera. ¡Pobre Pedrito! Era el pájaro más raro y más feo que puede darse, todo pelado, todo rabón y temblando de frío. ¿Cómo iba a presentarse en el comedor con esa figura? Voló entonces hasta el hueco que había en el tronco de un eucalipto y que era como una cueva, y se escondió en el fondo, tiritando de frío y de vergüenza.
Pero, entretanto, en el comedor todos extrañaban su ausencia.
–¿Dónde estará Pedrito? –decían. Y llamaban: –¡Pedrito! ¡Rica papa, Pedrito! ¡Té con leche, Pedrito!
Pero Pedrito no se movía de su cueva, ni respondía nada, mudo y quieto. Lo buscaron por todas partes, pero el loro no apareció. Todos creyeron entonces que Pedrito había muerto, y los chicos se echaron a llorar.
Todas las tardes, a la hora del té, se acordaban siempre del loro, y recordaban también cuánto le gustaba comer pan mojado en té con leche. ¡Pobre, Pedrito! Nunca más lo verían porque había muerto.
Pero Pedrito no había muerto, sino que continuaba en su cueva sin dejarse ver por nadie, porque sentía mucha vergüenza de verse pelado como un ratón. De noche bajaba a comer y subía en seguida. De madrugada descendía de nuevo, muy ligero, e iba a mirarse en el espejo de la cocinera, siempre muy triste porque las plumas tardaban mucho en crecer.
Hasta que por fin un día, o una tarde, la familia sentada a la mesa, a la hora del té, vio entrar a Pedrito muy tranquilo, balanceándose como si nada hubiera pasado. Todos se querían morir, morir de gusto cuando lo vieron bien vivo y con lindísimas plumas.
–¡Pedrito, lorito! –le decían–. ¿Qué te pasó, Pedrito? ¡Qué plumas brillantes que tiene el lorito!
Pero no sabían que eran plumas nuevas, y Pedrito, muy serio, no decía tampoco una palabra. No hacía sino comer pan mojado en té con la leche. Pero lo que es hablar, ni una sola palabra.
Por esto, el dueño de casa se sorprendió mucho cuando a la mañana siguiente el loro fue volando a pararse en su hombro, charlando como un loco. En dos minutos le contó lo que le había pasado: un paseo al Paraguay, su encuentro con el tigre, y lo demás; y concluía cada cuento cantando.
–¡Ni una pluma en la cola de Pedrito! ¡Ni una pluma! ¡Ni una pluma!
Y lo invitó a ir a cazar al tigre entre los dos.
El dueño de casa, que precisamente iba en ese momento a comprar una piel de tigre que le hacía falta para la estufa, quedó muy contento de poderla tener gratis. Y volviendo a entrar en la casa para tomar la escopeta, emprendió junto con Pedrito el viaje al Paraguay. Convinieron en que cuando Pedrito viera al tigre lo distraería charlando para que el hombre pudiera acercarse despacito con la escopeta.
Y así pasó. El loro, sentado en una rama del árbol, charlaba y charlaba, mirando al mismo tiempo a todos lados, para ver si veía al tigre. Y por fin sintió un ruido de ramas partidas, y vio de repente debajo del árbol dos luces verdes fijas en él: eran los ojos del tigre.
Entonces el loro se puso a gritar:
–¡Lindo día...! "¡Rica papa!... ¡Rico té con leche!" ¿Quieres té con leche?...
El tigre, enojadísimo al reconocer a aquel loro pelado y que él creía haber muerto, y que tenía otra vez lindísimas plumas, juró que esa vez no se le escaparía, y de sus ojos brotaron dos rayos de ira cuando respondió con su voz ronca:
–¡Acércate más! ¡Soy sordo!
El loro voló a otra rama más próxima, siempre charlando:
–"¡Rico pan con leche! ... ¡Está al pie de este árbol!"...
Al oír estas últimas palabras, el tigre lanzó un rugido y se levantó de un salto.
–¿Con quién estás hablando? –bramó–. ¿A quién le has dicho que estoy al pie de este árbol?
–¡A nadie, a nadie! – gritó el loro–. "¡Buen día, Pedrito!... ¡La pata, lorito!"
Y seguía charlando y saltando de rama en rama, y acercándose. Pero él había dicho: Está al pie de este árbol para avisarle al hombre, que se iba arrimando bien agachado y con la escopeta al hombro.
Y llegó un momento en que el loro no pudo acercarse más, porque si no, caía en la boca del tigre, y entonces gritó:
–"¡Rica papa!..." ¡Atención!
–¡Más cerca aún! –rugió el tigre, agachándose para saltar.
–"¡Rico té con leche!" ¡Cuidado va a saltar!
Y el tigre saltó, en efecto. Dio un enorme salto, que el loro evitó lanzándose al mismo tiempo como una flecha en el aire. Pero también en ese mismo instante el hombre, que tenía el cañón de la escopeta recostado contra el tronco para hacer bien la puntería, apretó el gatillo, y nueve balines del tamaño de un garbanzo cada uno entraron como un rayo en el corazón del tigre, que, lanzando un bramido que hizo temblar el monte entero, cayó muerto.
Pero el loro, ¡qué gritos de alegría daba! ¡Estaba loco de contento, porque se había vengado –¡y bien vengado!– del feísimo animal que le había sacado las plumas!
El hombre estaba también muy contento, porque matar a un tigre es cosa difícil, y, además, tenía la piel para la estufa del comedor.
Cuando llegaron a la casa, todos supieron por qué Pedrito había estado tanto tiempo oculto en el hueco del árbol, y todos lo felicitaron por la hazaña que había hecho.
Vivieron en adelante muy contentos. Pero el loro no se olvidaba de lo que le había hecho el tigre, y todas las tardes, cuando entraba en el comedor para tomar té, se acercaba siempre a la piel del tigre, tendida delante de la estufa, y lo invitaba a tomar té con leche.
–¡Rica papa!... –le decía–. ¿Quieres té con leche?... ¡La papa para el tigre!... Y todos se morían de risa. Y Pedrito también.





viernes, 6 de septiembre de 2013

VESTIDURAS

Cierto día Belleza y Fealdad se encontraron a orillas del mar. Y se dijeron:
-Bañémonos en el mar.
Entonces se desvistieron y nadaron en las aguas. Instantes más tarde Fealdad regresó a la costa y se vistió con las ropas de Belleza, y luego partió.
Belleza también salió del mar, pero no halló sus vestiduras, y era demasiado tímida para quedarse desnuda, así que se vistió con las ropas de Fealdad. Y Belleza también siguió su camino.
Y hasta hoy día hombres y mujeres confunden una con la otra.
Sin embargo, algunos hay que contemplan el rostro de Belleza y saben que no lleva sus vestiduras. Y algunos otros que conocen el rostro de Fealdad, y sus ropas, no lo ocultan a sus ojos.
Tomado de El Vagabundo de Khalil Gibrán

lunes, 16 de julio de 2012


CUERPO Y ALMA

Un hombre y una mujer se sentaron junto a una ventana abierta a la primavera. Se sentaron uno junto al otro. Y la mujer dijo:
-Te amo. Eres bello y rico, y estás siempre bien ataviado.
Y el hombre, dijo:
-Te amo. Eres un bello pensamiento, algo demasiado etéreo para sostenerlo en la mano, y una canción en mis sueños. Mas, la mujer se levantó con furia y replicó:
-Señor, por favor dejadme ya. No soy un pensamiento, ni una cosa que pasa por tus sueños. Soy una mujer. Preferiría que me desearas como esposa y madre de niños no nacidos aún.
Y se separaron.
Y el hombre hablaba en su corazón: "He aquí otro sueño que se convierte en humo".
Y la mujer decía: "Bien. ¿Y qué decir de un hombre que se convierte en humo y sueños?"
Tomado de El Vagabundo de Khalil  Gibran

viernes, 11 de noviembre de 2011

El canto del Mochuelo


Está grave la señorita Elisa.Hace ya tres días que pasa en una gran agonía.La fiebre no cede.El médico ha dicho que es pulmonía lo que tiene y ya se le han puesto millones de unidades de penicilina. Está tomando sulfas también desde el primer día. Temprano se hizo el diagnóstico y se comenzó el tratamiento
Elisa es joven y fuerte. Hasta hace pocos días rebosaba salud y alagría. Sólo después del baile del 28 de Noviembre se había "rociado" al salir del salón, camino de su casa. Uno de esos chaparrones imprevistos, fugaces, llamados "barre-jobos", tan característicos del fin del invierno, la había sorprendido en la calle. Se había mojado un poco y se había resfriado. Después el doctor había dicho que tenía neumonía doble.
Antonio estaba deseperado, triste, abatido. Amaba a Elisa entrañablemente. Eran vecinos y la había visto crecer desde niña hasta verla convertida enla hermosa mujer que era ahora. "Ella era tan dulce, tan buena"... Acababa de verla en un momento que le fue permitido hacerlo. "¡Estaba tan descompuesta, tan pálida, tan lánguida! ¡Y esa mirada suya, de ansiedad! ¡Y esa respiración tan fuerte y tan rápida! A pesar del oxígeno que le administraban cada hora, a veces se ponía cianótica y siempre estaba agitada como si la faltara aire".
"Era verdad que la pulmonía era una enfermedad muy grave. Por algo la llamaban los médicos ingleses y norteamericanos el capitán de la muerte; pero ahora con los antibióticos todo había cambiado.
"¡Qué enorme diferencia entre las condiciones actuales y las que él había conocido allí mismo en su pueblo, allí mismo en su barrio! Aquellas calles lóbregas, aquellas calles fangosas, de invierno y llenas de polvo en verano. Ni un cocvhe, ni un bombillo eléctrico, ni acueducto, ni servicios higiénicos, ni hospital, ni nada. Entonces la gente se moría sin el auxilio de la ciencia". Repasó con la mente tantos cuadros tristes que había contemplado en su niñez: "Toribio, muerto de tétano, sin una sola inyección de antitoxina, en medio de dolores tremendos; y Pedro; y Margarita; y el peor y más triste de todos los casos, su hermanito Manuel... Apenas si se daba él cuenta de las cosas entonces, pero había algo que se le había grabado en la mente para toda la vida. "Era de noche. Estaban velando: Repartían café y galletas de soda. Estaban sentados en el portalete de la cocina, ahí precisamente donde él estaba ahora, cuando empezó a cantar un pájaro en el palo de mango del patio que estaba ahí todavía como testigo mudo.Uno de los presentes (no podía recordar quién) había dicho: "malo, está cantando el mochuelo", y otro había comentado en voz baja, como para no ser oído por los familiares peros sin cuidarse de él, talvez por lo pequeño que era entonces: "lo que es a este niño no lo salva nadie porque cuando hay un enfermo grave y canta el mochuelo, la muerte es segura". Antonio recordaba claramente cómo había sentido una ola fría de terror y había escuchado el fatídico canto: Pim, pim,pim, pim ... Después, recuerda que entró a ver a su hermanito y que éste lo miró con una mirada de ansiedad y de angustia que le había llegado al alma y que luego había vuelto los ojos hacia otra parte, exactamente como lo había mirado Elisa hacía un rato. Al fin el sueño lo había vencido y a la mañana siguiente, lo recordaba como si fuera ahora, con ojos estupefactos, habá visto, en una mesa adornada de flores, con una mortaja muy blanca y entre cuatro velas grandes de cera, a su hermanito tendido, quieto, inmóvil; y, delante del niño muerto, a su madre desgarrada por el dolor, llorando amargamente".
Pasó un largo rato. Antonio, en las sombras, lloraba en silencio. Su amada sufría y estaba grave de muerte.Él lo presentía por más que el médico se sintiera confiado: "Su Elisa moriría".
Era ya de madrugada. En el patio las frondas comenzaban a iluminarse con la luz de una luna tardía. Empezaba afrío. Este año soplaba la brisa del Norte temprano. De repente empezó a cantar el mochuelo otra vez, desde lo alto de algún árbol cercano: el mango o el níspero, quien sabe si el guanábano.
Antonio sintió, a pesar suyo, un estremecimiento de terror. "Se espantaron" las gallinas, ("como entonces" pensó Antonio). "Era ya seguro. Su Elisa iba a morir".
"Mas ¿por qué? ¿Qué demonios tenía que ver el canto de un pajarraco con la vida o con la muerte? Esas supersticiones lo asustaban a él cuando era niño. Ahora era diferente. La gente de los campos es muy imaginativa, se decía: "Al oír ese canto monótono, pim, pim,pim, por horas y horas, siempre igual, siempre el mismo, llegaron a encontrarle algún parecido, alguna analogía con los golpes delmartillo en los clavos cuando el carpintero del lugar tenía, a media noche,que hacer algún cajón de muerto, de urgencia.
Pim, pim, pim,pim,seguía impertubanle el mochuelo su canto fatídico. Antonio, muy a su pesar, lo escuchaba y, gradualmente, a medida que se prolongaba el canto, le iba encontrando un lejano parecido, después un parecido indudable, con el martilleo del carpintero "haciendo cajones de muerto".
"¿Y si fuese verdad la leyenda?" pensó con redoblado temor. "¿Qué sabemos nosotros de los misterios de la vida y de la muete? ¡Pero es absurdo! ¿Qué lógica hay en esa tonta leyenda? Y sin embargo, después de todo ¿qué sabemos nosotros si lo lógico o lo que nos lo parece es lo real y verdadero? ¿Ysi resultase que todo lo que creemos y todo lo que juzgamos cierto, lógico y científico no es realmente así sino de otro modo?"
Antonio sentía que sus convicciones se debilitaban.Tenía mucho miedo.Su novia adorada estaba en peligro de muerte. "Allí estaba tendida, presa de una enfermedad terrible. ¡No, su novia tenía que vivir! El médico le estaba aplicando los tratamientos más modernos, pero era preciso hacer lo que fuera para salvarle la vida: lo lógico y lo ilógico, lo científico y lo anticientífico".
Como un autómata se levantó Antonio y se fue a la trastienda cogió un riflecito de salón que allí había y se fue, patio abajo, caminando, primero muy rápido, despacio después, más ymás despacio, sigilosamente, con mucho cuidado... Arriba del guanábano estaba el mochuelo, desprevenido, cantando su monorrimo interminable:pim,pim, pim,pim.
A la luz de la luna veíase la sombra del cuerpecito indefenso (una lechuza pequeña parece el mochuelo). Antonio lo vio bien,alzó el rifle, apuntó: ¡Fuego! y rodó por el suelo, sin vida, el infeliz mochuelo.
Elisa amaneció sin fiebre y, como suele suceder en las pulmonías, después de la dramática lucha con la muerte que la hizo pasar asfixiándose horas y días, en medio de la más horrorosa desesperación,ahora dormía omo un ángel,como si no hubiese pasad nada, tranquila y feliz.
Autor: Sergio González Ruiz
La vida es acción, vívela

El mono negro del Coco, leyenda chiricana

El mono negro del Coco
En El Coco, por el camino hacia Ciénaga del Agua, a unos veinticinco minutos de la entrada, había un señor llamado Felipe(se reserva el apellido para no herir la susceptibilidad de sus familiares) que era propietario de una finca que colindaba con la de otro señor de San Juan.

Don Felipe siempre llevaba consigo tres rulas amoladas porque si alguno de sus peones se paraba para coger un descanso _con el pretexto de afilar_él le quitaba la rula amellada y le daba una de las suyas para que no yuviera ni un minuto de descanso.
Pero no se hizo legendario el hombre de los tres machetes por su crueldad, si no también por su extraño comportamiento. Siempre fue un misterio para los recién llegados el que por las mañanas, a pesar de que éste se paraba a las cuatro para hacer el desayuno y afilar los machetes, al llegar a la entrada de una montañita,éste los mandaba adelante con el cuento de que iba a hacer un mandaíto.
Al principio pensaban los macheteros que en verdad el hombre se rezagaba para hacer sus necesidades.Pero comenzaron a sospechar. ¿No era raro, muy raro, que todas las mañanas _unos quince o veinte minutos después de haber salido de lacasa_ se metiera en el mismo lugar, como si su intestino grueso estuviera conectado a un reloj?
Si por una razón u otra no se metía en la montañita por la mañana, de regreso, a las seis de la tarde (porque los hacendados obligaban a sus peones a trabajar de seis a seis ganando un peso por día), con el cuento delmandaíto, terminaba metido en el mismo lugar.
Entre los peones, como en cualquier otro grupo, siempre hay uno que es más avispado que los otros. Èse comenzó a meter cizaña diciéndole a sus compañeros que aguaitaran al patrón para ver a qué se metía en esa rehoya. Y se pusieron de acuerdo para seguirlo a cierta distancia. Despacio, caminando en puntillas, llegaron casi al final de la rehoya donde oyeron los gemidos del señor Felipe y la voz de un desconocido,ronca, potente, que le gritaba que si no hacía lo que le ordenaba lo iba a dejar en la ruina nuevamente.
Los peones, más intrigados que antes, guardaron silencio. Ese otro día, por la mañana, a la misma hora, vuelve el señor y se mete a la montañita y ellos lo siguieron a cierta distancia procurando no hacer ruido. Ya no hablaba ni gemía. Ahora lloraba y se quejaba desesperadamente, como cuando están herrando a un becerro o a un esclavo arisco.
Y pudo más la curiosidad que el temor.Avanzaron. En la cabeza sentían vibraciones del cerebro. Y a menos de cinco metros de distancia vieron que un mono negro lo sujetaba por el cuello con sus patas y con la mano derecha le daba rejo limpio, rejo y más rejo, le jalaba el cabello y lo aruñaba sin piedad.Despavoridos dieron media vuelta y corrieron sin pararhacia sus casas.
Ese otro día, a las cinco y media, ya estaba el hombre con los machetes afilados clavados en el patio esperando a sus peones. Pero éstos no llegaron sino a las siete a pedir que se les pagaran sus jornales porque ya no querían trabajar más.
_¿Por qué? ¿Acaso yo no les pago bien? _preguntaba.
_No. Hay otra persona en Boca del Monte que paga quince reales al día. Y uno de nosotros va a ser el capataz y el dueño de la finca no va a estar allí para tenernos otro machete listo cuando vamos a afilar.
Don Felipe no tuvo más que pagar a aquellos hombres sus jornales y buscar nuevos trabajadores en los pueblos vecinos. Pero persona latina que llegaba veía al mono negro cuereándolo. Y desde entonces se comenzó a decir que él tenía pacto con el diablo.
Después, como nadie quería trabajar en esa finca, buscó indios. Y también a los indios los mandaba adelantey se rezagaba porque desde el día anterior les dejaba marcada su tarea para que no lo fueran a sorprender cuando se metía a la rehoya a hablar con el hombre( o mejor dicho, el mono) con el que tenía tan misterioso trato.
El hombre daba lástima...
Con el tiempo su mujer lo convenció de que se fueran a vivir a David para poner a los hijos en la escuela.
¿En que otra cosa pensar sino en alejarse de aquel mono infernal que lo perseguía y torturaba sin piedad?
En el centro de David hicieron la casa y pusieron una lechería. Todo parecía normal al principio.
De pronto él comenzó a hablar de candela, de una candela que sólo él veía, de que llegaba un hombre en un caballo que echaba candela por las narices y por los ojos. Y, preguntaban los compradores de leche, ¿Por qué sus hijas nunca salían de la iglesia?
Un día su hijo mayor _nombrado administrador de la finca una vez salido de sexto grado_ desapareció sin dejar rastro alguno. Y él no se inmutó ni demostró interés por encontrarlo. Todos sabían que lo había entregado vivo al mono (al diablo) mucho antes de nacer para conseguir la riqueza que tenía.
Sin embargo, el señor Felipe seguía siendo visitado por aquel bicho satánico. Y así fue hasta cuando éste murió. A pesar de su fortuna, no lo velaron en su casa ni en la iglesia _los curas no dejaron_ sino en el portalón de La Sagrada Familia, donde siempre velaban a esa clase de personas.
Al finalizar la velación, los empleados de la funeraria agarraron el ataúd para subirlo a la carroza y sintieron como que en ese féretro no había nadie por que estaba muy liviano. Y lo más curioso era que esa cja no tenía una ventanilla de vidrio como las otras. Y la gente, en el cementerio, cuando cayó el primer palazo de tierra, escuchó una voz joven, cavernosa, que dijo:
_Así mismo como me entregaste al diablo, ahora él ha venido a llevarte en cuerpo y alma para cerrar el trato que hace quince años, en El Coco, a las doce de la noche, un Jueves Santo, hiciste para que te enriqueciera.
Y la señora del difunto gritó:
_Ay, ¡es la voz de mi hijo!
Y quedó muerta instantáneamente.
Tomado de Leyendas Chiricanas de César Samudio, páginas 101-105.